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En la película "Espartaco", el noble y rico Crasso le dice a Marco Antonio clavando sus ojos en la lejanía próxima de la ciudad: "A Roma se la ama, a Roma se la sirve". Crasso ("Amar a Roma como a una mujer...") tiene una aristocrática visión de Roma: la Roma Imperio, destino, una Roma patrici, oligarquica, la Roma fuertemente dividida en clases. Pasado el tiempo, y asentado el poso de las revoluciones democráticas y burguesas, va tomando cuerpo un nuevo espíritu para una distinta imagen de "lo público; la que fue apareciendo en la Alemania de Bismarck para ser pulida después por la socialdemocracia heredera de marxistas y fabianos, opositora y gobernante en casi toda Europa durante buena parte del siglo XX. Con el afianzamiento de lo que dio en llamarse "Estado del bienestar" aparece una nueva concepción de lo público más apegada al ciudadano. Ese Estado así entendido ahora se hace más defendible sin sonrojo por la izquierda. Y el ciudadano empieza verse protegido por una serie de servicios que cada vez en mayor medida irán haciendo su vida un poco menos dura, menos difícil. El pobre seguirá siendo pobre, sí, pero tendrá acceso a algo de lo que antes eran exclusivode los más acomodados. Su vida, la de todos los ciudadanos, venía así a quedar "garantizada". Lo común y público adquiría un papel preponderante en la vida ciudadana; y sin menoscabo de las libertades y derechos inherentes a la propiedad privada. Parecía que un nuevo equilibrio garante de una nueva paz social había sido ganado. Y la izquierda en su versión socialdemócrata había jugado un papel importante, en la consolidación de este nuevo Estado-previsor. Pero, poco a poco, esa misma izquierda se fue dejando bajar por la vertiente burocrática de lo más pérfido del sistema; y el espectro palpable de la corrupción va igualándolo todo: utopía y realidad, redentores y opresores, gobernantes y administrados, pasión y devoción, oro y purpurina. El camino para los monetaristas quedaría así despejado. La "reaganomics", con su programa (incumplido) de reducción de impuestos, contracción del gasto familiar, incremento de los gastos de defensa, y menor regulación de la economía, llevarán al terreno político los postulados esenciales de la Escuela de Chicago. En Europa el caballo desbocado de la Tatcher, tan eficaz como el de Atila pero de un hierro sin las calidades óxidas de Chillida, arrincona a una desnortada izquierda contra las cuerdas. Esa misma izquierda que asistirá aplaudiendo con las orejas a la caída del muro y el fin de la dudosa experiencia del "socialismo real" en los países soviéticos. Y el espíritu de la "tercera vía" se va imponiendo. Otra vez se predica que vale más rebajar ideología y ceder en aquello que se conviene ahora dogmático; y plegarse a las necesidades del Poder, nuevo becerro de oro para unos "gauchistas" reconvertidos en "yuppies". Tras su personal fracaso del 68, la izquierda ya no se reconoce a sí misma cada mañana al afeitarse o al depilarse. Y "jóvenes y jóvenas" acceden a esta izquierda en función de la imagen pobre que ella da de sí misma; o lo que viene a ser lo mismo, casi con el exclusivo interés de insertarse en ese nuevo mercado laboral de la política; que pasa de este modo a convertirse en auténtica mina, yacimiento de empleo para privilegiados, mercado oligopolista y cooptativo y casi hereditario, patrimonio de unas élites burocratizadas que atenazan a izquierda y sindicatos. Viene aquí un punto y aparte en la Historia; y también, y cómo no, en esa infrahistoria mezquina y personal insertada en el marco del gran fracaso colectivo. Se acude al implante de una nueva y productiva religión: la privatización como sistema, lo público como pecado a redimir y expiar. Una nueva exclusión se predica: la de los "free rider", ciudadanos a quienes por principio no puede excluírseles del disfrute de un proyecto económico y social, aunque no paguen nada (o una cantidad "desproporcionadamente pequeña") con relación a los costes proporcionales del servicio que se les presta. La guerra contra lo "público gratuito" es declarada: la cultura, la limpieza, el agua, la sanidad, la educación... Todo ha de ir costando siempre más, adecuando su precio a su coste real. Una nueva bolsa de marginados de lo público aparece. Y toda duda viene a motivar una cínica respuesta: "lo que no se paga no se aprecia". Y la vergonzosa izquierda, temerosa de sí misma, va inventando para su propio consumo diario nuevos códigos expresivos, haciendo un hatillo escaso con los nuevos y ambiguos términos económico-social-políticos que se le ofrecen para invocar en su provecho a la vieja historia. Enmascara los nuevos planteamientos entreguistas con una casi generalmente indiscutida "lógica de los tiempos". El espíritu servidor de sus políticos se aproxima cada vez más al de Crasso; abandonando su antigua y voluntarista vocación de ser como los Graco, malparados tribunos de la plebe. El descubrimiento de la "redistribución" como nivelador de la injusticia social se pierde entre montañas de papeles. El espíritu contable y práctico de los nuevos conversos al mercado y las consignas del Fondo Monetario Internacional se impone a toda especie de utopía; y el mismo término, la utopía, se proscribe o ridiculiza. Y, frente a todo esta huída del barco, la herencia fabiana de la consideración de la Renta por encima del Valor (piedra de toque de los ricardianos y de Marx) aparece de nuevo como instrumento decisivo (sistema de imposición progresiva sobre las rentas, sin recurrir a la nacionalización de la propiedad) para la socialización de la riqueza y la transferencia de su gestión a una poderosa y democrática maquinaria de gobierno básicamente descentralizada. Y quizá también haya llegado el momento de repasar la andadura histórica del aparato teórico e ideológico de la izquierda. Por el camino quizá encontraremos algún puñado de argumentos dogmáticamente rechazados hasta ahora que se presenten ante nosotros con la frescura propia de lo escrito hoy mismo. Puede que volvamos a la refrescante lectura de los Bentham, Mill, Smith, Ricardo, o el liberado tándem Marx-Engels; poseídos, claro, de nuevos ojos y oídos. La Izquierda de hoy y sobre todo de mañana debe abrirse de orejas, a la luz de los hechos del siglo que ahora termina: para seguir siendo Izquierda, para no tener precisamente que dejar de ser Izquierda. Y para no dejarse suplantar por los oportunistas predicadores del nuevo centrismo indiscriminado.
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