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Esos hermosos champiñones cubistas que con los primeros y tímidos rayos de sol primaveral de la Pascua nos han salido en el Parche gozan de muy buena salud.. Pese a la promesa del Alcalde de dar orden de desmontar el primero de ellos, lo único que podemos constatar con estos ojos que se ha de comer la tierra es, sencillamente, que ambos dos siguen donde estaban. Puede que las órdenes de Alcaldía no siempre se cumplan. O puede que la orden no haya sido dada... todavía. Y hasta puede que, como se malician más de dos, el plan "in pectore" sea otro: dejar que escampe el chaparrón, Que para entonces. Que para entonces ya estará el segundo cubo terminado... Y así los críticos de mala fe habrán de callar ante la evidencia del diseño limpio, los carísimos reflejos dorados y la espejil y soleada transparencia del vidrio multinacional (por lo viajero) con el que va quedando recubierta poco a poco esa estructura metálica con la que tan adecuadamente captó el arquitecto Mariano Bayón la esencia y el espíritu fabril y siderúrgico de la villa y de sus paisanos. Entonces (¡por fin¡, y loado sea Dios) el noble y sencillo pueblo avilesino, manipulado y engañado por los agoreros del desastre que vienen confabuladamente vilipendiando el gusto iluminado del tándem Alcalde-arquitecto Bayón, despertará como de un mal sueño y llorará amargas lágrimas de remordimiento por haber dudado de su Alcalde y de su arquitecto de siempre, y por haber renegado del dogma por tres veces antes del cristalino y total canto del gallo. Así al fin, "las cosas" quedarían meridianamente claras. Se sabría quién es quien y dónde está cada uno. Y se sabría (siempre según esta retorcida hipótesis) quién está por el progreso y quién anclado al pasado, clavado eternamente a las agujas de un detenido reloj de estación, viendo indolente pasar el tren de la historia. Son todo esto vulgares maledicencias que tendrán su final ante la obra totalmente erecta. Terminada, como debe ser. Y así, el Alcalde podrá contemplarla en su integridad y en su magnificencia; y quizás entonces podrá exclamar feliz y satisfecho: "¡No sólo eran necesarios, sino que, además, son bellos!" Entonces, y sólo entonces, será llegada la hora del frío juicio y de la verdad sincera de las cosas. Yo no debo ni puedo dudar de la palabra de mi alcalde. ¡El Dios del progreso me libre de pensar con tal desatino! Si él ha dicho que se quita el primer cubo, se quitará. ¡Pues sólo faltaría! No tengo ningún motivo para dudar de ello. Mismamente, durante la mañana del pasado Jueves Santo le pregunté en plena calle quién había encargado o mandado poner allí aquellos hierros. Sonrió, calló se encogió de hombros... y a mí me pareció sincero. Luego me enteré de que había sido, ¡cómo no!, RUASA. Días después, mismamente durante la media tarde de un gris Lunes de Pascua, le pregunté si la "revisión profunda del proyecto" que él anunció al paso de las carrozas del domingo implicaba desmontar aquellos hierros. Sonrió, calló, se encogió de hombros... y a mí todavía me seguía pareciendo sincero. Pero los hierros seguían allí, y yo no sabía ya ni que pensar, porque el Alcalde aún me parecía sincero; equivocado, sí, y con la misma sensibilidad artística desgastada que un trozo de carbón de azúcar el día de Reyes Magos, pero sincero al fin. Un día de éstos caí en la cuenta de que el gerente de RUASA (en funciones y a la sazón del encargo de los cubos) era (y lo es aún) el alcalde de Avilés... Hoy sólo puedo ya dar realmente por cierto el hecho crudo y simple de que los cubos siguen aún ahí, impasible el ademán, don de estaban. Hoy sólo puedo confiar en que los mismos y desgraciados cubos que nos fueron impuestos el día de San Perfecto (¿un signo?) se desvanezcan milagrosamente el día de la Ascensión. Y, ¿saben? : soy un maldito descreído.
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