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Con flores a María...
Si las tumbas están hechas para servir de soporte a las flores habrá que ver si el destino camuflado de las cosas difiere demasiado del que esas mismas cosas dicen sostener. Y sostener por sostener, uno escoge siempre el fin solapado: es como si un juego de ingenio y seducción siniestra nos envolviera y diera cobijo a las adivinaciones menos turbias. Puede que hasta el devoto ciudadano que casi a diario deposita flores sobre una lápida no esté siempre recordando lo que la tumba dice contener tras esa inscripción en letra artesana para la cual (todo sea dicho) nacemos; todos menos los inmortales, claro, solemnemente depositados en urnas de bronce para el paso de los siglos. Puede que las hortensias, pues esas son las flores, estén desde siempre ahí y nosotros no las habíamos notado. Es hasta muy posible que las mismas manos que ponen hoy y casi cada día sobre la losa de granito esas flores nada violentas no sufran del mal del recuerdo futuro y desconozcan que están atizando el fuego en que quemaremos nuestro significado final, real, leal. Y hasta con las botas de montar sobre el destino bien calzadas, y las orejeras de no mirar hacia los lados de su propio asiento mejor puestas, alguien lo sienta o presienta casi todo mientras cabalga sobre el lado simbólico del asunto. Y pueda ver a través de esa losa mariana como en una profunda y sombría metáfora; de gusto dudoso, de perfil bajo, de coste alto y pasado mañana inseguro y poco probable: pero metáfora al fin y signo del tiempo que corre. Una metáfora gris sobre un pueblo gris. Que ha perdido sus colores alegres entre los humos altos y pesados del equívoco progreso y el estruendo loco y alcohólico de fines de semana sin cuento ni final. Una metáfora, en fin, desolada y triste como nuestra vida oficial o nuestra oficiosa y viajera historia. Y que en la cabalgada loca y desbocada hacia su completo final, realizado siguiendo los cánones forzosos del libro de ruta que el capitán Ahab guarda en el abandonado pliegue de las sábanas de su desaliñado y lujoso camarote, entonces como ahora, se ha dejado las plumas de la inocencia infantil, húmedas de petróleo y sabor a mar, en tan inútil empeño. Un empeño mariano, pretendido grandioso en su concepción personal y teórico espejo en que mirarle la cara al futuro y a la modernidad; aunque este espejo haya perdido el plateado que nunca tuvo, la capacidad de devolver lo que no contiene, el sabor a obra maestra que jamás soñó siquiera su padre putativo ni su padrastro chacinero. Y hasta es posible que la flor, hortensia de azul casi violeta, depositada sobre esa tumba mariana casi un día sí y el otro también se vea como protesta silenciosa y denuncia amarga de la impotencia popular, de la estupidez oficial y colectiva. Y puede también que el autor mariano se haya gastado ya en vino y en rosas los dineros que le hayan podido pagar; menos el descuento acostumbrado. Uno desea con fervor nada mariano, y en este tiempo en que el padre putativo de las losas funerarias descansa en su estío, acompañar una música apropiada al momento ceremonioso del entierro y del encierro. El Aria de las Variaciones Goldberg al piano loco de Glenn Gould, puede servir, con su cadencia entre triste y matemáticamente perfecta, entre severa y alegre, casi oficial pero apostática, seria y tierna... como la roca granítica en la cantera. Una música pura para limar la impureza de una salida desde las entrañas del Parche. Una música nada mariana para compensar la desgana imaginaria de un mariano (con minúscula de desinterés) y bayón cualquiera. Una música leve pero dura y redonda para el nada bachiano espíritu del gerente del centro de agónicas rehabilitaciones, reducto de turbadoras habilitaciones casi perpetuas. Un Bach en fin, revisitado para un alcalde jamás luterano. Una música para unas flores. Unas flores para maría... no bayon; cambiemos el acento, juntemos las palabras, unamos sentido con destino y forma con sentimiento... Una música para el final de los tiempos, para cuando ya los proyectos culturales son simple lujo de escaparate y los genios supuestos deberían ir conjugando el verbo despedirse sin más y pronto.
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